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¡Cuándo las cortinas se convierten en claqueta!

“La brisa soplaba a través del cuarto, haciendo elevarse hacia adentro la cortina de un lado y hacia afuera la del otro, como pálidas banderas, enroscándolas y lanzándolas hacia la escarchada cubierta de bizcocho de novia que era el techo, para después hacer rizos sobre el tapiz vino tinto, formando una sombra sobre él, como el viento al soplar sobre el mar”. Es el ambiente de los primeros días de primavera. No se puede describir mejor, porque bueno, es Francis Scott Fitgerald y la finca de la que hablamos es la finca de la querida Daisy en El gran Gatsby – y ¡qué finca! – con cortinas de voile, delicadas y elegantes, exactamente como sus dueña. Quién las tiene en su sala de estar bien sabe de lo que hablo, como esas en satén que son esponjosas y dejan pasar la luz pero preservando la discreción.

 

Si, por el contrario, usted es una persona práctica y de temperamento exuberante, seguro le gustarían las cortinas en lino o algodón blanco piqué, tal vez impresas o a rayas, con dibujos geométricos o con estampados florales que irradian tanta alegría que nos dan ganas de utilizarlas para hacernos un vestido, como hermana María en la película Sonrisas y lágrimas...y es inmediatamente aire de picnic.

 

Otras prefieren quedar en la penumbra de los rizos de las cortinas de paquete o de esas cortinas provenzales hechas con paños suaves y sedosos de tejido preciado. Evocan las ropas anchas y voluminosas de Escarlata O’Hara en Lo que el viento se llevó y expresan un carácter y el romanticismo incurable de un beso apasionado de celuloide.